#140 Creatividad (IV): rituales y ADN creativo

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(NOTAS COMPLETAS Y ENLACES DEL CAPÍTULO AQUÍ: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/140-creatividad-iv-rituales-y-adn-creativo/)

Cuenta la leyenda que Miguel Ángel encontró un día un bloque de mármol de Carrara de cinco metros de altura. Aquel pedazo de piedra llevaba años acumulando maleza y suciedad en el patio de obras de la catedral de Florencia. Nadie quería usarlo porque tenía fama de maldito. El escultor Agostino di Duccio había intentado tallarlo, haciéndole un agujero enorme y dejándolo casi inutilizable. Sin embargo, por entonces Miguel Ángel tenía veintiséis años, y con la inconsciencia de la juventud, asumió el reto.

Se pasó meses observándolo, paseando a su alrededor, sentándose encima e incluso apoyando su oreja en su costado, como si tratara de encontrarle el pulso. Quienes pasaban por su lado empezaban a tomarlo por loco.

Hasta que un día, Miguel Ángel cogió el cincel y empezó a trabajar. Lo hizo sin molde de yeso ni bocetos. Sólo se limitó a dar un golpe tras otro, sin más referencia que lo que tuviera en su cabeza. Pasadas unas pocas semanas, el escultor pidió que levantaran cuatro muros alrededor del bloque para protegerlo de los curiosos. Lo que no hizo sino aumentar la expectación.

Pasaron cuatro años, durante los que lo único que se sabía de aquella piedra eran los golpes que retumbaban más allá de esas paredes. Un día Miguel Ángel anunció que en unas horas dejaría caer los muros. La noticia corrió por Florencia y aquel patio se llenó rápidamente de curiosos, la mayor parte seguros de que el artista habría fracasado en su enfrentamiento con aquel enorme bloque de piedra maldita. Cuando los obreros empujaron los ladrillos y los muros se vinieron abajo apareció ante sus atónitos ojos un David de cinco metros, una de las obras más importantes de toda la historia de la humanidad.

Cuando el obispo de Florencia se acercó a Miguel Ángel y le preguntó cómo había logrado hacer algo tan perfecto, el escultor se encogió de hombros y respondió: «Vi un ángel en el mármol y tallé hasta liberarlo»

Según el poeta libanés Yibrán Jalil: «La creatividad pasa a través de ti, pero no proviene de ti, y aunque está contigo, no te pertenece» No es que yo sea experto en poetas libaneses, de hecho creo que no había oído su nombre en mi vida hasta que me lo descubrió Jason Silva, un tipo peculiar, que hace muchas cosas, y entre ellas presenta un programa de National Geographic llamado Brain Games. Dice el propio Silva que la creatividad es una forma de locura controlada. Es dominar las capacidades fantasmagóricas, maniáticas, las asociaciones libres que nuestra mente puede hacer cuando la sacamos y libramos de los condicionantes de sus parámetros habituales de pensamiento. Dice que es sumergirse en la zona liminal, en lo que separa los sueños de la realidad. Ya te he dicho que era un tipo peculiar.

La historia de Miguel Ángel y las palabras de Jalil y de Silva tienen una cosa en común: hablan en el fondo de eso tan escurridizo que es la inspiración. Para muchos es algo que sucede, son esas musas que nos vienen a visitar y con las que, por lo que sea, algunas personas conectan con más facilidad que otras. Para otros la inspiración es parte de un proceso, es más bien el resultado de la tenacidad. Y a ella, a la inspiración, y a cómo trabajarla, vamos a dedicar el capítulo de hoy… y alguno que otro más en el futuro.

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