Homosexuales y creyentes: conservan la fe pese al rechazo de la Iglesia

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Tras dos años de crisis sanitaria sin casi festejos, la marcha del Orgullo volvió a París. Decenas de miles de personas se dieron cita en pleno centro de la capital francesa para celebrar la visibilidad de la comunidad LGBT+. Entre las carrozas y la música a todo volumen desfiló un grupo más discreto: la asociación David y Jonathan. ¿Su singularidad? Se reivindican cristianos y homosexuales, y no están dispuestos a abandonar ninguna de estas dos identidades. Tras una larga espera, muchos empujones y algunos desmayos, la marcha del Orgullo LGBT de París ha echado a andar entre gritos de entusiasmo. Las pancartas llenas de reivindicaciones en favor del colectivo LGBT+ pueblan la manifestación. Grandes camiones convertidos en carroza avanzan hacia la plaza de la República, en el centro de París, en medio de un ambiente muy festivo. Entre dos camiones, un pequeño grupo avanza a pie detrás de una pancarta que atrae muchas miradas. “Sí, vemos la sorpresa en los ojos de la gente. Puede haber incluso malestar. En nuestra pancarta pone ‘Homosexuales y Creyentes. No necesitamos curación’. Entiendo su sorpresa de que estemos aquí, pero si al verla los que pasan se dan cuenta de que es verdad, que Dios nunca nos pidió que cambiáramos, que Dios nos acepta a todos, sea cual sea nuestra orientación sexual, yo me sentiré muy orgulloso de haberla portado,” apunta uno de los portadores de la pancarta, Norbert. Norbert forma parte de la veintena de militantes de la asociación David y Jonathan, presente en la marcha del orgullo. Fundada en 1972, es hoy por hoy la asociación LGBT más antigua de Francia. Se reivindica como agrupación homosexual y cristiana. “Hay mucha homofobia y transfobia en el entorno cristiano, católico. Eso nos lleva, a los que crecimos en esos ambientes, a sentirnos muy culpables y a no ser capaces de aceptarnos realmente”, señala Cyrille, su copresidente, resumiendo los objetivos del grupo. “Nosotros luchamos por cambiar el discurso mayoritario en el seno de la Iglesia católica, de las iglesias cristianas. Para que se den cuenta de lo mucho que hacen sufrir, obligando a las personas a vivir con vergüenza y culpa”. La fe, en realidad, se crea en la relación a Dios, con nuestras propias creencias. Eso es lo primordial, antes que las instituciones y las normas sociales que éstas intentan mantener. Cyrille llegó a la asociación hace 7 años, tras asumir su homosexualidad y recibir una fría acogida de parte de su familia, de tradición católica conservadora. En el seno de David y Jonathan ha encontrado otra manera de vivir su religión. “Creo que se puede tener una fe, una espiritualidad, y oponerse a las corrientes mayoritarias de las iglesias. La fe, en realidad, se crea en la relación a Dios, con nuestras propias creencias. Eso es lo primordial, antes que las instituciones y las normas sociales que éstas intentan mantener,” reflexiona el joven copresidente mientras avanza en paralelo al pequeño grupo de su asociación en la marcha del orgullo. La asociación milita por dar voz a los homosexuales cristianos que se sienten olvidados por la dirección de su iglesia, que condena su sexualidad. Les ofrece un lugar donde rezar y sentirse apoyados. “Nos reunimos para hablar de nuestras vidas, tanto del plano sexual como del espiritual. De si conseguimos armonizar estos dos elementos de nuestra identidad. También organizamos momentos de oración, que dan vida a la asociación,” apunta Jean-Louis, que forma parte de la asociación desde hace casi dos décadas. “Yo siempre supe que era homosexual. Sin embargo, conocí a una mujer, me enamoré de ella y me casé. Tuvimos 4 hijos, pero ella me acabó pidiendo el divorcio porque nuestra relación no era buena. Yo me acerqué a David y Jonathan porque para mí es muy importante mantener la coherencia en mi vida de padre y abuelo homosexual de manera práctica y concreta”. “El mensaje del Evangelio no son ni normas ni dogmas” Una de las grandes dificultades a la que se enfrentan los homosexuales cristianos es cómo encontrar una parroquia que los acoja como feligreses, sin obligarles a dejar de lado su sexualidad. Es una cuestión que conoce bien Norbert, exsacerdote. “Quizá algunos curas, algunas parroquias, querrían bendecir uniones de homosexuales o bautizar a sus hijos, y no lo hacen por miedo a las represalias de la institución. Sin embargo, me parece que la mayoría sigue creyendo que la homosexualidad es un acto intrínsicamente desordenado, según lo describe la doctrina de la Iglesia. Para un religioso no tiene sentido bendecir algo desordenado. Mientras sigan creyendo eso y poniéndole esa etiqueta a nuestra orientación sexual, cualquier buena voluntad que muestren hacia nosotros es como si le estuvieran poniendo una curita a una herida infectada. Su posición no tiene sentido y es contraria al mensaje del Evangelio”. Norbert colgó los hábitos hace menos de un año, pero llevaba ya mucho tiempo alejándose de la Iglesia Católica, que no aceptaba su vida como hombre gay. Sin embargo, su fe sigue intacta, aunque su combate ha cambiado. “Yo ya no peleo por que la Iglesia Católica cambie. Yo lucho para que el Evangelio, para que el mensaje de Jesucristo siga teniendo sentido en nuestra época. Hay una gran diferencia entre la interpretación que hace la institución de las leyes de Dios y las leyes en sí. No pierdo la fe. Pierdo la confianza en las instituciones eclesiásticas, pero no pierdo la confianza en Dios. Lo que quiero es que la vida tenga sentido, y para mí tiene sentido porque tengo mi fe”. Claire aceptó que era lesbiana cuando se enamoró por primera vez. Su familia, de tradición católica, aceptó su orientación sexual. Sin embargo, su relación con la religión es compleja. “Yo sigo teniendo fe, pero no sé si es la fe católica. Yo he crecido en ese molde, es lo que conozco, es donde están mis referencias, pero yo intento salir del molde heredado de mis padres. Por ejemplo, considero que la catequesis, la educación religiosa, es una traición al mensaje de amor incondicional que la Iglesia debería portar. El mensaje del Evangelio es eso en el fondo, no son normas ni dogmas. Jesús habló con las prostitutas, con los discapacitados, con todos los marginados de su época. Que la institución traicione ese mensaje me encoleriza,” apunta con pasión esta joven habitante de Angers, ciudad del oeste de Francia. Terapias de conversión, terapias de "manipulación" David y Jonathan lucha también contra las llamadas terapias de conversión, censuradas por la ONU. Estos programas tienen como objetivo transformar a una persona no heterosexual en una persona heterosexual, y a una persona trans o de género diverso en una persona cisgénero, es decir, una persona cuya identidad de género corresponde a su sexo registrado. “Contra las terapias de conversión, colaboramos con la diputada que redactó la ley aprobada recientemente contra estos programas religiosos. La dificultad en Francia, como en América Latina, radica en que los organismos que los llevan a cabo los disimulan mucho”, resume Cyrille, copresidente de la asociación. “Nosotros intentamos mostrar que hay algunos grupos religiosos que empujan a los homosexuales a vivir con mucha culpabilidad, a no aceptar quienes son. Los manipulan psicológicamente para que intenten cambiar como sea, cuando la única manera de vivir en paz con uno mismo pasa por la aceptación de su identidad”. Las terapias de conversión son practicadas también por otras ramas del cristianismo, como la Iglesia protestante unificada de Francia, pero en su seno también hay voces que intentan reformar la institución. Voces como la de Stéphane Lavignotte. Este pastor participa en la marcha del orgullo como un aliado del colectivo LGBT. Soy LGBT y creo que tengo un lugar en esta Iglesia. Stéphane fue uno de los primeros pastores en Francia en bendecir una unión homosexual, abriendo el camino a una evolución radical en el seno de la iglesia protestante. “Las personas de la comunidad LGBT son hoy plenamente aceptadas en nuestras iglesias protestantes, pero no siempre fue así. Hace 15 años todavía había candidatos a pastores que, como eran homosexuales, se les negaba el acceso al culto, o si ya habían sido nombrados, debían abandonar su templo y trabajar lejos del público”, recuerda este pastor que dirige La Maison Ouverte, La Casa Abierta, un templo protestante situado en la periferia este de París cuya vocación es acoger a todo el mundo, sea cual sea su orientación sexual. “Hoy las cosas han cambiado: hay pastores homosexuales, e incluso trans. Eso es posible en la Iglesia protestante unificada de Francia porque funcionamos democráticamente como una asociación. Pero sobre todo este cambio tuvo lugar gracias a la valentía de personas LGBT que alzaron la voz, corriendo el riesgo de ser rechazadas. Creo que entonces la Iglesia se dijo que no estaría siendo fiel al mensaje de amor incondicional que se supone que debe transmitir si silenciaba o rechazaba a estas personas. Personas que finalmente estaban diciendo: ‘soy LGBT y creo que tengo un lugar en esta Iglesia’”. Ahora Stéphane y otros miembros de su congregación luchan en particular contra las terapias de conversión. “Nuestra iglesia condena estas prácticas, pero, al mismo tiempo, ¡no sanciona a algunos de sus prelados que las llevan a cabo! Por el momento, estamos dialogando con la dirección, presentándoles a personas que han sido víctimas de estas autodenominadas terapias. Hasta ahora, el simple diálogo no ha funcionado, así que estamos pensando qué nuevos pasos dar para obligar a nuestra congregación a tomarse en serio el problema y actuar”. "Que la institución no nos robe, no nos confisque nuestra fe" ¿La iglesia católica podría evolucionar como lo han hecho algunas iglesias protestantes, llegando a aceptar a la comunidad LGBT en su seno? “Creo que el cambio no podrá venir desde arriba, desde la dirección del catolicismo. Es demasiado rígida, demasiado vieja. La institución no cambia porque son hombres que gozan de importantes privilegios desde hace 2000 años", señala Claire con enfado. "Me parece que el papa Francisco intenta llevar a cabo algunos cambios, pero no puede porque otros miembros de la curia frenan todo avance. Tengo la impresión de que estamos frente a una fractura entre las aspiraciones de apertura y renovación de algunos grupos católicos, como los feministas o los LGBT, y el movimiento contrario, que quiere volver, en cierto modo, a la tradición... Es una fractura cada vez más grande. Creo que el único cambio posible vendrá de abajo, de asociaciones como la nuestra, con acciones locales, a pequeña escala. Es la única manera de que la institución no nos robe, no nos confisque nuestra fe”.

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